sábado, 6 de julio de 2013

Reflexion


  
La auridad (auctorictas: aquel o aquello que hace fructificar, crecer, quien  detenta una potestad) puede significar para alguien un hecho negativo y desprovisto de sentido, pero he aquí que la experiencia de la autoridad surge en el encuentro con una persona que tiene una gran conciencia de la realidad, persona inserta y atenta a las cosas que la rodean. Este anclaje es imprescindible para tener una visión global de lo que llamamos realidad, así se devela lo novedoso y surge lo que llamamos respeto (respectus: atención, consideración). Aquí comienza la génesis y la dinámica necesaria para hacerse un discípulo (discipulus-disciplina: persona que sigue una enseñanza recibida por un maestro, persona que adquiere regla interior, orden y observancia).

La autoridad se construye y es la expresión de lo que convive, mi yo se reafirma y entiende que la autoridad no es algo ajeno y sobreañadido; es coherencia y cohesión de momentos con valor, algo estable en el tiempo; es por ello que ciertas situaciones y disposiciones deben ser mantenidas en el tiempo. Aquí se abre paso continuo toda la realidad, va más allá de todo gusto momentáneo y efímero; todo parecer caprichoso del individuo se rinde ante la patencia y potencia de la realidad; lo cabal de la situación muestra el significado que interpela y atrae.

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